¿De qué tipo de educación hablamos cuando hablamos de una Educación “Popular”?

Por Oscar Jara Holliday – CEP Alforja- CEAAL

Cuando hablamos de Educación Popular hablamos de una educación que siempre debe ser comprendida de acuerdo con los espacios y contextos históricos donde se lleva a cabo. Por eso no podemos hablar de “la” educación popular, como un proceso único, homogéneo o uniforme. Creo que es mejor hablar siempre de procesos de educación popular: procesos que corresponden a momentos particulares, a contextos particulares.

Debemos comprender qué significa impulsar procesos de educación popular en cada momento histórico; la historia de la educación popular de América Latina nos puede enseñar mucho, pero no para repetirla, sino para inspirarnos hacia el futuro, para enfrentar los desafíos que hoy vivimos. Todos los procesos de educación popular en América Latina han estado siempre vinculados a un proceso de organización, participación y de aspiración de espacios de construcción de democracia.

Por ejemplo, en el siglo XIX cuando se hablaba de educación popular, se entendía como “instrucción pública” y se planteó la noción de que la educación no sólo debía ser un privilegio, como era para los nobles de la colonia, sino que debería ser un derecho para toda la población. Ya desde entonces, encontramos en el término “educación popular” una aspiración democrática.

Cuando la Revolución Cubana llevó a cabo la Campaña Nacional de Alfabetización que era una deuda con la mayoría del pueblo o cuando el gobierno de Allende en Chile en los años setenta creó la propuesta de la “Escuela Nacional Unificada” como parte del programa de gobierno de la Unidad Popular, y los comités de barrios y de fábricas crearon los “Comités de Unidad Popular” pensados como espacio de organización y de formación política, o cuando la Revolución Sandinista en la Nicaragua de los ochenta creó la idea de que toda la educación de Nicaragua: la formal, no formal, informal, desde pre-escolar hasta de personas adultas debería ser una educación popular, estaban en todos los casos afirmando que los procesos de Educación Popular están vinculados a aspiraciones democráticas que fortalecieran el poder de la gente, las capacidades de la gente, la participación de la gente.

Cuando el movimiento Zapatista en los años noventa se levanta en insurgencia y crea procesos de valorización de la identidad desde las raíces indígenas con el fin de construir una nueva cultura política democrática donde las Juntas de Buen Gobierno como órganos de autogobierno se rigen por el principio de “mandar obedeciendo” y hablan de una educación popular para construir un mundo “donde quepan todos los mundos”, está presente esa aspiración democratizadora que ha ido acompañando siempre los procesos de educación popular.

Pero es importante comprender que los procesos de educación popular no son solamente un método, no responden sólo a una metodología o al uso de algunas técnicas, sino que están basados en una filosofía, un paradigma emancipador ético, político y pedagógico.

Este paradigma de la solidaridad, este paradigma de las personas como sujetos creadores de las sociedades, es un paradigma que se expresa desde el sentido ético de la vida en la construcción política de otras relaciones de poder, lo cual fundamenta y orienta una pedagogía que- como proceso dialógico, crítico, horizontal y transformador- posibilita construir espacios y sujetos que edifiquen una sociedad democrática y relaciones democráticas en todos los campos y niveles de la vida social, como espacios pre-figurativos en los cuales podemos mostrar y mostrarnos que es posible vivir de otra manera que la que nos impone el sistema.

Es una manera también de desaprender las relaciones de poder autoritarias, verticales y patriarcales en que nos hemos formado, explorando otras formas de ejercicio de poder, que sean solidarias, sinérgicas, constructoras de lo colectivo.

Los procesos de educación popular son procesos enraizados en la construcción de la vida y el respeto a todos los derechos de todas las personas a lo largo de toda la vida. En ese sentido, no hay proceso de educación popular que no sea ecologista. No hay proceso de educación popular que no sea feminista. Inspirados en el ecofeminismo debemos generar otra visión del mundo y de la vida en equilibrio, respeto y equidad.

Los procesos de educación popular deben constituirse en espacio de creación de afectos, de cuidado mutuo, de construcción de confianzas y complicidades, de valorización de las características de cada persona en su particularidad. Espacios donde no solo la mente, las ideas o los argumentos están presentes, sino donde transita todo nuestro cuerpo con nuestras emociones, sensibilidades, sensualidades, empeños y frustraciones. Espacios donde se manifiesta de forma viva la esperanza y los sueños compartidos. Espacios de creación y ejercicio de la creatividad, donde todos los lenguajes y forma de expresión tienen cabida para desplegarse libremente.

Por eso la inspiración freiriana de una educación liberadora que construye las capacidades de las personas como sujetos comprometidos con una transformación social de la historia, implica una formación integral en que los procesos pedagógicos puedan desarrollar todas nuestras capacidades; sería una contradicción llevar a cabo procesos educativos autoritarios, verticales o doctrinarios, para lograr procesos de convivencia realmente humana y de participación democrática. De ahí la crítica a la educación “bancaria”, por vertical y autoritaria. De ahí la propuesta de una educación problematizadora, dialógica y horizontal, que vincula la práctica con la teoría, que desarrolla el pensamiento crítico, la ecología de saberes (Boaventura de Sousa Santos) y la vocación de humanización, por lo tanto, desarrolla las capacidades humanas transformadoras para llegar a ser sujetos de la historia.

Los aportes de Freire nos hacen ver que están íntimamente relacionadas las propuestas de ser sujetos de trasformación social y ser sujetos de procesos educativos creadores. Si nos formamos como personas críticas y creativas, ello se expresará en formas de participación social críticas y creativas. Una idea clave de Freire en su libro “Pedagogía de la Autonomía”, dice: “Enseñar no es transferir conocimientos, sino crear las condiciones para su producción o construcción”. Esa idea no nos la hemos apropiado suficientemente. Educar no es transferir contenidos, sino crear condiciones para producir, para crear, para construir conocimientos transformadores. Entonces, la pregunta clave es: ¿cómo creamos condiciones para que sea posible un proceso de aprendizaje, de reflexión crítica, para crear capacidad de análisis, comunicación, sensibilización de problemas para poder trabajar y comprender lo que acontece en nuestro alrededor?

En definitiva, para desarrollar nuestras capacidades protagónicas y construir el protagonismo popular en la vida social, política y cultural. Por eso cuando hablamos de procesos de educación popular estamos hablando de procesos que se llevan a cabo en todos los niveles y espacios, creando capacidades que significan contribuciones esenciales para los espacios de democratización, para formar espacios de participación efectiva, por lo tanto, para demandar espacios de institucionalidad y modificar las reglas autoritarias y excluyentes del ejercicio de una democracia formal desgastada.

Si tenemos un paradigma transformador, de una sociedad justa equitativa y democrática, ese paradigma no significa que es un sueño que algún día sucederá, sino que es un paradigma que debe guiar nuestras acciones cotidianas en búsqueda de reducir las desigualdades y eliminar las injusticias. Las utopías deben manifestarse en la cotidianeidad, expresarse en la acción de las personas, es la forma en que las personas lo construyen desde ahora. No es algo que llega de afuera o que está esperando al final del camino, sino que la utopía se debe construir cotidianamente por los propios actores sociales a partir de sus condiciones, analizando y transformando juntos esa realidad.

No es posible una sociedad democrática, si no construimos espacios de democratización en la familia, la casa, el trabajo, la escuela, en los barrios, sindicatos, partido, organización… en todas las dimensiones donde existan relaciones de poder, tenemos que pensar si esas relaciones de poder ¿son autoritarias o son democráticas?, ¿construyen capacidades de transformación o construyen resignación o pasividad?, ¿qué hacemos cada día con nuestro trabajo: estamos favoreciendo esas condiciones para el protagonismo de las personas o para su conformismo?

De ahí que retomemos la importancia de esa recomendación firme de Paulo Freire en el mismo texto, que es realizar siempre una reflexión crítica sobre nuestra propia práctica. Analizarla autocríticamente, sacar lecciones de ellas, considerando que los educadores y educadoras tenemos en nuestra propia práctica la fuente principal de nuestra formación permanente. Las educadoras y educadores populares estamos en proceso de formación todo el tiempo. Nunca terminamos de formarnos. Y precisamente lo que nos puede ayudar

a formarnos, en una práctica permanentemente innovadora y creativa, es la reflexión crítica sobre esa práctica. De ahí, que cada vez más, la sistematización de experiencias esté siendo asumida como un factor fundamental en los procesos de educación popular, que nos impide la pasividad, el conformismo o la rutina, sino que siempre nos da la capacidad de enriquecer la teoría educativa y la nueva práctica, gracias a los aprendizajes que obtengamos.

El desafío que tenemos, en este momento histórico desde nuestra América Latina es -en todos los espacios posibles- construir y reforzar las capacidades democratizadoras, la posibilidad de crear la utopía de equidad, justicia, respeto a la diversidad y cuidado de la vida, desde los espacios concretos y cotidianos en que nos toca vivir. Por eso es indispensable comprometernos en la transformación de las condiciones que crean esta matriz cultural hegemónica marcada por el individualismo, la mercantilización de la vida, la mentalidad colonizada, el consumismo, la violencia y dominación patriarcal que se expresan en el sistema capitalista actualmente dominante que oprime a las mayorías del mundo.

Ante la ofensiva de restauración conservadora, que ya está mostrando sus límites y debilidades, ante la manipulación mediática e informática, ante los discursos de odio e intolerancia, los procesos de educación popular están desafiados a construir espacios de relación solidarios, autónomos, críticos, capaces de formular argumentos y movilizar convicciones que representen esos nuevos imaginarios con los que podemos generar acciones transformadoras desde el rescate de nuestras identidades. También están llamados a fortalecer la capacidad de análisis, movilización y propuesta que permita incidir en la definición, ejecución, fiscalización y evaluación de las políticas públicas (de salud, de educación, de vivienda, de pensiones y jubilaciones, de cuidado del medio ambiente y la vida, de manejo de los presupuestos y recursos financieros, etc.)

Lo interesante es que ya estamos asumiendo en nuestras prácticas esos desafíos. Tenemos que seguir adelante construyendo contactos, redes, espacios de encuentro e interaprendizaje, para no detener nuestros avances.

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