¿Hacer o no hacer clases virtuales?

Por João Gabriel Almeida

Muchos sindicatos e intelectuales vienen posicionándose en contra de la educación virtual, argumentando principalmente la profundización de la exclusión escolar en el marco de las brechas digitales existentes en las zonas más pobres de Nuestra América. Me sumo a quién dice que, en términos de la educación pública, es impensable, en este momento, una obligatoriedad de la educación virtual. Sin embargo, creo que la emergencia de este debate ha dejado algunos interrogantes sobre el papel de lo digital en la educación.

Colocado en perspectiva critica, creo que  si no somos agentes activos para pensar lo digital en los procesos formativos, alguien lo hará; jugando con el viejo Freud, propongo algunas heridas narcisistas, heridas a nuestro orgullo, que el internet generó en la comunidad docente.

1. ¿El profesor es un repositorio de información?

Parte del malestar no es de hoy. La emergencia del internet como repositorio que es más eficiente para guardar información que el cerebro humano o las enciclopedias. Este espacio virtual de acopio de información, viene desplazando el lugar clásico del profesor como “fuente del saber”. Las educadoras y los educadores que podrían sentirse orgullosos de desafiar a sus estudiantes haciéndolos presentar exámenes de memoria infinitos, parecen amenazados.

Por un lado, por juegos “educativos” que son más atractivos que sus ejercicios de deletrear y, por otro, por las constantes trampas de acceso a la información a través de los celulares.  No vivimos más, como pasaba hace algunas décadas, una ¨escasez¨ de información que vuelve sabio a quien la tenga, pero sí un exceso de ella que evidencia la necesidad de una clave de sentido para comprenderla. Esta es la primera herida narcisista: no somos más el espacio de mayor eficiencia para guardar información, lo es el internet.

2. ¿Soy más interesante que un vídeo en Instagram?

La primera herida ya es un poco antigua, incluso se relaciona con la noción de educación bancaria de Freire de los años 60.

Ahora un gran reclamo de muchos educadores y educadoras es que no consiguen competir con la cantidad de contenidos web generados en las redes sociales. Eso tiene que ver con la segunda herida narcisista: no somos más -si es que lo fuimos en algún momento- la mejor forma de exponer un saber. Los formatos audiovisuales, hipertextos, entre otros miles de propuestas, son más potentes para presentar categorías, datos y todo lo que “ya está previamente construido”. Esta es la dificultad, porque significa que mucho del trabajo que ocupaba gran parte de nuestro tiempo en el salón, el de “explicar”, puede ser sustituido por un video, de los cuales existen por cientos en Youtube.

3. ¿Cómo uso el Moodle?

Dejamos la tarea de pensar los ambientes virtuales a personas que no son educadores y ahora estamos pagando el precio. 

Debido a que no hicimos la tarea de pensar las formas alternativas los procesos del pensar/actuar digital y las dinámicas didácticas que esto supone, cada vez más las propuestas fundamentadas en la educación masiva, de la cual escribí en un texto anterior, ganan espacio. Nos sentimos con fecha de vencimiento por no saber utilizar las plataformas que nos imponen las escuelas y universidades.

Quedamos tan agobiados en aprender a usarlas que olvidamos y no repensamos qué modelos de educación está por detrás del diseño de estas plataformas. Los ambientes virtuales son como un salón, si dispones las sillas en filas, vas a tener un efecto espacial didáctico distinto a si las dispones de manera circular. Si se llevara a los y las estudiantes a un espacio distanciado de sus prácticas sociales reales, el proceso de aprendizaje va a ser artificial. Todo eso ya sabemos desde hace tiempo, ¿Verdad? ¿Por qué en lo digital sería distinto?

Esta es la tercera herida narcisista. Desconectamos nuestros saberes educativos de nuestra vida digital.

4. Entonces, ¿Qué nos queda?

El psicoanálisis nos enseña que es desde las heridas que podemos romper con lo dado y crear nuevos modos de sentir y pensar.

Tal vez el internet vuelva la labor docente más vigente que nunca. Al romper con el énfasis explicativo y memorístico en el espacio del encuentro entre un educador y el educando, podemos defender con más fuerza la potencia del humano en hacer aquello que ninguna máquina es capaz: establecer lazos para la construcción colectiva de sentido, para hacer proyectos comunes, para comprender más allá de las informaciones disponibles a través del diálogo, de la pregunta y de la escucha. 

Para ello, hay que luchar porque los derechos tanto para los y las profesoras como para todos los niños, niñas y jóvenes sean los mismos que de los sectores más ricos: Tiempo libre para el descubrir tutoriales y saberes prácticos por su propia cuenta, por ejemplo. Tener acceso al internet, a la comida en la mesa, condiciones de cuidado, condiciones dignas de vivienda para tener espacios adecuados para estudiar, acceso a computadoras adecuadas. Sin eso, es impensable abdicar de un edificio que ofrezca las condiciones mínimas, incluso para acercamientos con el espacio digital. Esa cosa que seguimos llamando escuela.

 Mientras tanto, empecemos en lo micro, los que tenemos como experimentar, reflexionar alrededor de nuestras heridas narcisistas generadas por (el) lo digital. Pensemos qué respuestas, qué usos vamos a hacer que no pasen por ambientes virtuales parametrales. ¿Cómo los usos reales de las tecnologías- el grupo de WhatsApp, los videos cortos, el hipertexto- pueden ser resignificados dentro de un proyecto educacional? Los y las que luchan dentro del sistema formal de enseñanza están haciendo el aguante y el enfrentamiento en contra del uso de la tecnología como profundización de su explotación. Pero los y las que estamos en la educación alternativa, comunitaria, debemos hacer lo contrario. Volvernos más digitales, experimentar más, proponer con quienes tenemos a nuestro lado, para ayudar a construir dispositivos y categorías posibles para establecer una educación virtual desde abajo.

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