Como mediar el conocimiento en tiempos de pandemia

João Gabriel Almeida y Jose Sánchez García[1]

El Coronavirus ha sacudido la producción de saber en el mundo. Desde el anuncio en China de la epidemia, los científicos tuvieron que romper con la lógica de publicación en papers y fueron requeridos a responder de manera casi instantánea a la crisis social, simbólica, sanitaria y económica en la que estamos inmersos. Se trata de una verdadera lucha por el relato sobre la pandemia: su pasado, su presente y su futuro. Sin embargo, gracias a estas llamadas, en este momento ya podemos tener algunos puntos de partida.

Sabemos que es un virus de relativa baja mortalidad. Según los expertos las cifras oscilan entre el 1,1% y el 1,6%, de los cuales un 85% de las muertes son de personas mayores. Sabemos también que gran parte de los muertos, por lo menos en Italia, padecen de 2 o más enfermedades, alrededor de 67,2%. Con una mirada global, Vandana Shiva ha apuntado que las enfermedades asociadas a la mala alimentación son las  que han aumentado los riesgos. Entre estas señalamos la diabetes (9.2 % de mortalidad), problemas cardíacos (13.2%) y cáncer (9.2%). Sabemos, entonces, que el problema no es la mortalidad del virus sino el colapso de los sistemas de salud que ha elevado la mortalidad a nivel global en un 6%. En la zona europea del Mediterráneo , países que sufrieron una destrucción acelerada de sus sistemas de salud pública, asciende al 10% de mortalidad en Italia y al 8% en España (en Grecia hay diferencias). Así, la capacidad de combatir la enfermedad depende de tres claves: 1) el número de UCI’s equipadas con ventiladores, 2) la capacidad de las industrias farmacéuticas de producir y distribuir tests eficaces, y 3) la capacidad de contener la infección a través de cuarentenas hasta crear infraestructura. En aquellos países con relativa autonomía para la producción de los recursos necesarios tienen, por tanto, más posibilidades de contener la enfermedad. Los países dependientes son los que empiezan a sufrir más. Casos de piratería de recursos prueban que cuanto menos un país sea capaz de producir en estos momentos, más expuesto va a quedar a la mortalidad y dependiente, con la clausura de la industria europea y norteamericana, paradójicamente, de la industria china.

También ya podemos percibir algunas tendencias sociales y económicas. La primera es el componente de clase de la enfermedad. Todo apunta que el paciente 0 europeo fue un hombre de negocios alemán que aterrizó proveniente de China. En España el primer caso se registra en dos zonas vacacionales: en La Gomera, de nuevo un alemán que infectó a un lugareño. Las primeras contaminaciones se produjeron en fiestas de ricos, como el caso largamente comentado de Bahía. Sin embargo, una de las primeras muertes en ese país  fue de una empleada doméstica que vivía en los alrededores de Río de Janeiro, en una ciudad sin capacidad médica para salvarla. 

Los lugares donde se expandió la pandemia tienen una característica compartida. Se trata de centros de la economía globalizada. Ese patrón de diseminación apunta que fueron las personas relacionadas con negocios las que importaron el virus. Aquellos que hace un tiempo el antropólogo Jonathan Friedman bautizó como “los liberales del champagne”. Sin embargo son los sectores subalternos los más expuestos. La precarización del trabajo y el hacinamiento en viviendas insalubres son dos de los componentes que aumentan el riesgo de contraer la enfermedad. Hasta el momento, como proponen la mayoría de los textos compilados en el ebook La Sopa de Wuhan, el crecimiento de los aparatos represivos del Estado en contra de estos sectores precarizados que necesitan romper las cuarentenas para alimentarse va en aumento, sin ofrecer más salida que paupérrimas iniciativas de redistribución de renta sin cuestionar la matriz productiva del sistema. Los casos de Filipinas y Hungría son dos ejemplos del riesgo que vivimos.

Asistimos de manera muy rápida al paso de una biopolítica de contención de los cuerpos a una verdadera necropolítica que decide, según una nueva clasificación social, quién debe ser “salvado”. Para las élites y los trabajadores más ricos, confinados, el bombardeo continuo de actividades de yoga, psicología, plataformas audiovisuales, entre múltiples alternativas de consumo que permiten “pasar el tiempo” pero no cuestionar la raíz del problema: el neoliberalismo salvaje y asesino que ha llevado a la desatención de la sanidad pública. Además, se impone una gobernabilidad de los cuerpos en el cual el deambulante es un peligro para el Estado y, en especial aquél que no tiene hogar. Ya Foucault (2004) señalaba dos cuestiones fundamentales, entre otras, para entender las medidas gubernamentales actuales: 1) el concepto de población para “evaluar” la eficacia de las medidas a través de “cifras” de infectados, casos graves y mortalidad (cuando una sola víctima ya es una tragedia); y 2) la marca del “transeúnte” como ser peligroso al no poder ser contado entre los miembros de la población, pero también cualquier persona por la calle como un “transgresor”, convertido en delincuente social potencial como ya ocurría con la Ley de Vagos y Maleantes franquista. El uso de una nueva aplicación digital en Cataluña y en España renueva esa ley con los datos No queremos con eso negar la importancia de la cuarentena, pero afirmar que la forma como está pensada actualmente en muchos países define el derecho de vivir de unos en detrimento de otros. 

Recordando a Vandana Shiva o el texto de Itayosara Rojas, Sebastian Reyes y Daniel Rojas, la forma de transmisión de la enfermedad a humanos tiene que ver con nuestro modelo de producción y consumo alimentario.  En este sentido, las propuestas que circulan desde la agroecología parecen estar lo suficiente avanzadas para proponer horizontes, mismo que en España se prohiba ir a los huertos urbanos a buscar cultivos propios, beneficiando las grande industria alimentar. Queda pendiente el problema concreto de cómo ofrecer respuestas a las grandes ciudades, focos principales del problema, y los elementos transnacionales como la hiperconectividad.

¿Cómo responder a ese contexto desde la antropología y la comunicación? Un buen punto de partida puedes ser la cuestión de la mediación. Entendemos como mediación un conjunto de prácticas de intercambio cultural que pasan por elementos humanos y no-humanos (lo que muchos denominan mediaciones tecnológicas a través de diferentes mediadores electrónicos). A la manera hegemónica de producir la mediación comunicativa la llamamos Misionera, pues las prácticas son equivalentes a los intentos de dominación a través de la conversión que los religiosos han ejercido históricamente en el Sur Global. Se trata de una forma de crear mediación cultural y de saberes cada vez más favorecida por el capitalismo de plataforma que se resume en un carácter persuasivo: crear estrategias de acumular datos de usuarios para conocerlos, adaptar el mensaje a su gusto para venderlo un producto, un político, etc. Como alternativa a ese modelo, proponemos la mediación del Cuidado, que sería pensar qué criterios éticos para generar el Bien Común deben orientar las maneras de producir contenido y compartirlos, no para producir datos, pero sí para cuidar de las personas que forman parte de la comunidad en donde estamos inmersos. Para diferenciar, podemos pensar dos ejemplos:

Caso 1: Distintos portales prestigiosos de noticias rescataron un comentario de Stephen Hawking de que la humanidad terminaría por una pandemia. No hace falta decir que, a menos que haya logrado viajar en el tiempo, el famoso científico nunca se refirió al Coronavirus. Eso es una táctica ya antigua denominada de clickbait. El miedo pasa a ser uno de los productos más circulado entre prosumidores, de esa manera quedamos 24 horas y 7 días a la semana pegados a las pantallas contabilizando muertos, elucubrando el futuro del mundo y los orígenes de la enfermedad, creando burbujas de opiniones sobre el hecho histórico favorecidos por las sugerencias de la Inteligencia Artificial. Eso es un ejemplo de lo que llamamos mediaciones Misioneras. 

Caso 2: Xadrez Verbal es un podcast semanal de política internacional en Brasil. Con la pandemia, ellos decidieron invitar al doctor en microbiología y virología Átila Iamarino para hacer un programa semanal en que sintetiza los principales hechos relevantes sobre la difusión de la enfermedad, con un diálogo abierto entre las percepciones políticas, culturales y sociales de los presentadores con las cuestiones biológicas y sanitarias específicas del COVID. La curaduría, la interpretación y una periodicidad baja son algunas de las claves de lo que venimos denominando mediación del Cuidado.


Para finalizar, ¿qué futuro nos espera? ¿Autoritarismos tecnológicos? ¿Controles de movilidad? ¿Salvación de las personas con “valor social”? Lo que proponemos es pensar y reflexionar más allá de las distopías que se proponen masivamente y situar en el centro de nuestra inteligencia colectiva el cuidado, el bien común, la solidaridad entre pueblos. Podemos pensar ejemplos como el de Argentina, de un Estado garante de salud, mientras hay una creciente apuesta por la economía popular desde la crisis del macrismo. También la historia de Cataluña ofrece un buen ejemplo de una manera otra de organizar lo común: las colectivizaciones de todos los sectores en el inicio de la Guerra Civil: desde la industria a la sanidad pasando por la educación y la cultura. Reseteemos nuestras inteligencias y dialoguemos sin mediadores misioneros para pasar a la mediación del cuidado.


[1] Este texto es el fruto de diversos diálogos llevados a cabo por los autores durante el confinamiento ordenado por el gobierno español para atajar la pandemia

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