O NOS PENSAMOS O ERRAMOS.

Por Andrés Roberto

Esta semana en Anansi nuestro invitado fue Miguel Alberto González González. Sus planteamientos críticos relacionados a la concepción del tiempo (más allá de la linealidad de cronos), las agendas (como condiciones preestablecidas por los poderes) y las enciclopedias (como dispositivos de control cultural), son un aporte para responder la pregunta de cómo nos estamos pensando Nuestra América y en razón de ello la construcción de alternativas propias. Si partimos del entendimiento de que los poderes, es decir, la minoría que hace el consenso de la agenda a imponer, son quienes tienen las riendas de la humanidad y que esa humanidad sumergida en esa agenda, no sólo no se ve beneficiada sino además perjudicada y pisoteada su dignidad, invisibilizados sus múltiples tiempos, inmediatamente podemos activar el derecho a sospechar de esos poderes y sus verdades.

Miguel Alberto llama la atención en la necesidad de tener una postura crítica frente a los poderes de cualquier orilla política e ideológica en tanto que la afinidad no puede cegarnos de los errores que se cometen, no se puede asumir una postura crítica asumiéndose rebaño y creyendo religiosamente en el pastor que nos guía, es necesario interpelar los liderazgos cuando éstos responden a las agendas de las minorías y no a la construcción de dignidad; también es necesario diseccionar el trabajo de los intelectuales y tomar de allí los elementos que aporten a la construcción de alternativas despojándonos de la idea de que todo lo que escriben es irrefutable, cual feligrés con la biblia, en definitiva, es necesario demarcar progresivamente un horizonte por fuera de la agenda de los poderes y por fuera del filtro de sus enciclopedias.

Ahora bien, la construcción de las agendas también muta de acuerdo a las intenciones de los poderes y pareciese que las sugerencias de construcción de alternativas propias mutaran a ese mismo ritmo cayendo una vez más en la trampa de cronos y en el despojo perpetuo del presente, se pueden criticar los poderes de cualquier bando, se puede apelar al discurso de construcción de saber horizontal, se pueden evaluar experiencias de otras latitudes y calificarlas de exitosas para aplicarlas en Nuestra América y aún así, después de todo eso, no habernos visto a nosotros mismos, no haber revisado las propuestas de alternativas construidas en otros momentos (que no por eso pierden vigencia) que las agendas de los poderes destruyeron, no haber hecho pues, el ejercicio crítico que proponemos y consumirnos en críticas líquidas ajustadas a los tiempos líquidos. Si nos damos licencia a sospechar de todo, démonos licencia de sospechar también de los sesgos de nuestras críticas, de los sesgos de cómo leemos nuestra historia, de los lugares desde donde hablamos (no puede ser que hablemos de horizontalidad hablando desde arriba, escuchando a los “subalternos” solo cuando son nuestros empleados), rompamos nuestra propia enciclopedia que está cargada de todos esos lastres de las agendas de los poderes, como lo diría Simón Rodríguez hace dos siglos: O inventamos o erramos.

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